Las noches de invierno son increíblemente silenciosas. Contrario a las noches de verano que se alegran con los cantos de los grillos y los gritos de los chamacos que aún juegan en las calles, el invierno es muy diferente, no solo por la obviedad del clima, el negro del cielo es más negro, la gente se esconde en sus casas, los autos duermen en las calles bañados por la bruma, el aire es más pesado y las aves se encuentran de viaje por otras latitudes.
Hay sueños difíciles de cumplir, pero por más lejano que parezca el objetivo, estoy convencido de que siempre tendremos alguna manera de alcanzarlo. En mi infancia al igual que todos los niños, yo tuve mis sueños, deseaba con toda mi alma convertirme en astronauta, flotar en el espacio rodeado de estrellas, perderme en la obscuridad infinita, sabiendo que regresaría sano y salvo a casa. Sin embargo, nadie pareció tomarme en serio, fue realmente frustrante que no hubiera un mínimo interés cuando relataba mi intención de convertirme en un viajero espacial, sobre todo por parte de los adultos, mis padres, mis tíos o mis abuelos que ni siquiera se molestaban en decirme algo cuando pedía su opinión, esperaba tan solo algunas palabras de aliento, o tal vez un sabio consejo, nada de nada, simplemente fui ignorado, y a veces el desdén duele más que la negativa.
Una gélida y negra noche de enero subí al techo de mi casa, vestía un improvisado disfraz de astronauta, un par de chamarras sobrepuestas y dos pantalones (uno encima de otro), unas botas para la nieve, un pasamontañas, unos guantes de jardinería y un casco de motociclista que usó mi padre en los años sesenta, me tendí boca arriba a contemplar el obscuro cielo estrellado, y después de unos minutos de permanecer estático observando el firmamento, el tiempo se detuvo, sentía que mi cuerpo se fundía con el cielo negro y estrellado, tuve una sensación similar a la que tal vez experimenta un astronauta, flotaba en el frio espacio sideral, solo y en silencio, disfrutando de una extraña paz; gozando de esa hermosa multitud de estrellas que me parecían cada vez más cercanas, pude vivir un delicioso y profundo trance hipnótico, podía sentir como esos diminutos cuerpos celestiales acariciaban mi rostro, casi las podía tomar y jugar con ellas en mis manos, tomar acaso algunas para decorar mi habitación, o para regalarlas a mi madre el diez de mayo. Perdí la noción del tiempo, y nadie me fue a buscar.
Al terminar el viaje, bajé satisfecho por la escalera, con la expresión alegre de aquel explorador que regresa a casa después de haber conquistado nuevos mundos. Pasé por enfrente de los adultos que cenaban paella y vino mientras celebraban algo, apenas y advirtieron mi presencia y alguno que otro se sorprendió al ver mi rostro sonriente derrochando felicidad, pero de inmediato volvieron a lo suyo. Me dirigí a mi recámara a dormir, a soñar, a disfrutar un triunfo que había conseguido a la edad de diez años.
Hay sueños difíciles de cumplir, sin embargo, yo logré el mío aun siendo un párvulo, aun antes de saber siquiera conducir un auto, este es el relato de un sueño cumplido, fue una experiencia maravillosa, a pesar de la incertidumbre, de los obstáculos propios y ajenos, de la falta de presupuesto y sobre todo de la indiferencia de los demás. He tenido la dicha de repetir el viaje en varias ocasiones, todavía lo hago, de vez en cuando realizo alguna que otra caminata espacial.
Las noches de invierno son increíblemente obscuras, tanto lo son que solo así es posible ver el cielo lleno de estrellas. Las noches de invierno son increíblemente silenciosas, tanto lo son que en ellas encuentro la paz necesaria para construir y alcanzar mis sueños.