El peligro de confundir alegría con felicidad

Vivimos en una sociedad donde la alegría se celebra como un trofeo. Las redes sociales nos muestran sonrisas constantes, momentos vibrantes, carcajadas
perfectas. Y aunque la alegría es importante, no deberíamos confundirla con algo mucho más profundo: la felicidad.
Alegría y felicidad no son lo mismo
La alegría es una emoción intensa, espontánea y pasajera. Es ese brillo que sentimos cuando algo bueno ocurre: una buena noticia, una sorpresa, un logro.
Sin embargo, como todo destello, se apaga pronto.
La felicidad, en cambio, no siempre se nota. No es escandalosa. No siempre viene con risas. A veces, se manifiesta como una sensación de paz, de conexión, de coherencia entre lo que somos y lo que vivimos. Y eso… no siempre brilla, pero
sostiene.
El peligro de la confusión
Cuando confundimos alegría con felicidad, caemos en una trampa emocional.
Creemos que si no estamos contentos todo el tiempo, algo está mal con nosotros.
Nos volvemos adictos a la estimulación constante, evitamos el silencio, huimos de
la tristeza, y empezamos a llenar el vacío con cosas que no nos nutren.
Erich Fromm lo decía con claridad: la verdadera felicidad no viene de lo que
tenemos, sino de lo que somos. No está en lo externo, sino en el cultivo de una
vida con sentido, amor y presencia.
¿Cómo se cultiva la felicidad?
No se trata de evitar el dolor, ni de buscar euforia todo el tiempo. Se trata de:
-Cuidar nuestros vínculos
-Hacer lo que amamos
-Vivir con coherencia
-Aprender a estar con nosotros mismos, incluso en el silencio
Porque sí: la alegría te visita… pero la felicidad, si la cultivas, se queda.
Reflexión final
No tengas miedo si hoy no estás «feliz» como te lo han vendido.
Tal vez estás en un momento de crecimiento silencioso.
Tal vez estás sembrando raíces.
Y eso, querido lector, también es felicidad.
El Conde de Sándwich

Jorge Castañeda Bustamante
Una de mis principales preocupaciones cuando de pequeño viajaba con mis padres a la Ciudad de México, era que mis hábitos alimenticios se veían afectados; eran los años setenta, mi ciudad natal Mexicali muy pequeña aún, no conocía las grandes cadenas nacionales de supermercados, así que nuestras opciones eran muy limitadas.
Uno de los manjares que todo niño de aquella época disfrutaba (y los de hoy también) era la bolonia, un embutido hecho a base de carne de cerdo, con muy poco valor nutricional, pero capaz de despertar en nuestros paladares las más deliciosas de las sensaciones; un maná que solo era posible conseguir en los supermercados de Baja California. Cuando le pedía a mi abuela que comprara bolonia (ella conocía ya ese alimento), intentaba engañarme con mortadela, parecida físicamente pero el sabor no es el mismo. El sándwich de bolonia fue sin duda una de las cosas que más disfruté cuando era niño.
En el verano de 1984 caminaba por una de las calles de mi barrio, bajo un sol inclemente y el mercurio registrando cuarenta y ocho grados. Llevaba en mis manos una limonada y un sándwich de bolonia; me dirigía a jugar futbol con mis amigos en el parque. Seguramente era martes porque ese día pasa el camión de la basura y en todas las casas estaban los botes en la banqueta, ordenados y formados como centinelas, uniformados en colores plateado los de metal, y verde olivo los de plástico; en una de ellas había junto al bote de la basura una caja de cartón, y yo necesitaba una para un trabajo escolar; me detuve a revisar el contenido y me sorprendí al ver que estaba llena de libros, –¿libros en la basura? pensé, no lo podía creer.
Me senté a revisar cada uno de los ejemplares en la orilla de la banqueta; había muchos libros de texto que ya habían sido utilizados y estaban rayados, otros eran recetarios de cocina internacional que, de haberlos llevado a mi madre, tal vez hubiera experimentado con nosotros y no estaba yo dispuesto a ello. Tomé algunos diccionarios y un manual de aviación en inglés, pero el tesoro más preciado que encontré en esa caja de cartón fue un libro publicado por Reader´s Digest en 1977, cuyo título en el lomo decía con letras doradas: La fuerza de las palabras.
Sucumbí ante el aroma seductor de sus hojas, la textura de su empastado en percalina y la elegancia de sus colores guinda y sepia. Lo abrí, así nomás, sin algo específico que buscar, y en la página 244 había una sección titulada los nombres convertidos en palabras; al final de la sección (que fue lo primero que leí) se contaba la historia de la palabra sándwich, que tiene su origen en un noble inglés, John Montagu Conde de Sándwich, que con una mano comía sus dos panes con un trozo de carne en medio y con la otra hacia cualquier otra cosa; así estaba yo aquella tarde calurosa, sosteniendo en la mano izquierda mi sándwich de bolonia y con la derecha seleccionando los libros que me llevaría. No llegué al partido de fútbol, me regresé a casa y en mi cuarto acomodé en mi pequeño librero los libros que por alguna razón que aún no logro entender alguien tiró a la basura.
En aquella época tenía otros intereses, mi vida como músico rockero iniciaba, y el libro de la fuerza de las palabras me observaba desde la repisa en mi recámara, sabio y paciente me esperaba por semanas cuando me cansaba de tocar la guitarra. De vez en cuando abría sus páginas para enterarme de alguna que otra curiosidad lingüística, que luego me gustaba presumir con mis amigos que me veían con expresión de antipatía; se dice suelde no solde, corregía yo cuando alguien se refería al verbo soldar, hay que buscar quien suelde las láminas, es la expresión correcta.
El gusto por las palabras lo heredé de mi madre, y aunque ella es una gran escritora, es también un policía gramatical. Con el paso del tiempo, comencé a comprender la verdadera fuerza de las palabras. Las reglas gramaticales son muy importantes, pero las palabras son el alimento del alma, con palabras podemos acariciar, sanar, construir, transformar, evolucionar, educar, crear, analizar, comprender, pensar, imaginar, y la lista de verbos puede crecer. La carencia de palabras es casi siempre sinónimo de un alma desnutrida, frágil, vulnerable, débil, opaca. En las palabras también existe un lado obscuro; su mal uso tiene el poder de destruir, herir, romper, debilitar, fracturar, dividir. La palabra es la unidad mínima del pensamiento, y es vehículo con el cual expresamos nuestros sentimientos, aspiraciones, propósitos, objetivos, ideas.
El lenguaje es la casa del ser escribiría Martin Heidegger; los límites de mi lenguaje son los límites de mi mente diría Ludwig Wittgenstein; el lenguaje es el vestido de los pensamientos afirmó Samuel Johnson; la lengua no es la envoltura del pensamiento sino el pensamiento mismo sentenció Miguel de Unamuno.
En el oficio terapéutico el lenguaje es una de las principales herramientas de aquel que busca acompañar al otro en los laberintos de la experiencia humana. Desde que Freud se refirió a la terapia psicoanalítica como la cura por la palabra, hasta los cientos de enfoques terapéuticos desarrollados con posterioridad, el uso correcto y estratégico de las palabras es fundamental para sanar y construir un alma; nacieron para ser usadas y mueren al ser olvidadas., se transforman y evolucionan, las palabras no tienen dueño, son patrimonio de la humanidad y están ahí, esperando a que te apropies de ellas; las palabras nutren, las palabras sanan.
Nuestra historia personal está construida con múltiples experiencias, nuestros recuerdos son solo pedazos de lo vivido, nuestra personalidad se construye con alegrías, miedos, tristezas y decepciones. La imaginación es el mago que mezcla las palabras con los sentimientos y crea nuevas posibilidades, es el médico que con la palabra y el corazón es capaz de sanar el alma más rota y descosida, es ese niño capaz de encontrar en la basura un tesoro invaluable, una caja de cartón para construir una nave, una lata para fabricar un balero, o tal vez una poderosa herramienta para construir una vida. Nunca entenderé porque alguien pudo haber desechado algo tan preciado como ese libro fantástico, así a veces nosotros somos ese libro, que es rescatado y convertido en fuente de vida. A esa persona que tiró a la basura La Fuerza de las Palabras solo puedo decirle una cosa: ¡Gracias!
























El Señor que cantaba «El Rosal»
Jorge Castañeda Bustamante
El ejercicio de la psicología clínica y de la psicoterapia es una de las cosas que más disfruto de la vida; el oficio del terapeuta es a veces incomprendido y denostado por la sociedad, y en unas cuantas ocasiones celebrado y agradecido por aquellas personas que tuvieron el valor de vivir una experiencia terapéutica en búsqueda de nuevas formas de darle sentido a su propia existencia.
La psicología y la psicoterapia son disciplinas muy controversiales, existen diferentes enfoques, visiones, criterios y epistemologías; a veces en franca guerra unas con otras, y en ocasiones tratando de colaborar en la difícil y gratificante tarea de sanar el alma humana; la psicología es la ciencia del alma, eso significa la palabra psique: alma.
Una de las ramas fundamentales de la psicología, es la psicopatología, que pertenece también a la psiquiatría, es decir, a la parte médica del tratamiento de las enfermedades mentales; y como parte de esta se encuentra la nosología, que tiene que ver con la clasificación de los trastornos de la mente, algo muy importante en la ciencia médica. En el caso de las enfermedades en general, la Organización Mundial de la Salud creó la CIE, clasificación internacional de las enfermedades (incluidas las de la mente); para las enfermedades mentales en particular existen los DSM, un listado de trastornos elaborado por un grupo de psiquiatras en todo el mundo, que llegan a consensos después de largos debates y procesos de investigación para brindarnos a los profesionales de la salud, un catálogo de criterios para definir las dolencias del alma, con el cual el clínico pueda hacer un diagnóstico y posteriormente diseñar una estrategia de tratamiento.
Sin embargo, los DSM, han sido constantemente criticados por la forma y fondo de sus criterios para diagnosticar, por ejemplo, apenas en los años setenta, el DSM consideraba a la homosexualidad como una enfermedad. Además de que no toman en cuenta la experiencia del que lo padece, las corrientes humanistas en psicoterapia exigen y con justa razón que los trastornos deben de ser vistos desde una visión no médica; ya lo decía el filósofo español Fernando Savater:
“El DSM, el magno catálogo de todas las rarezas, desviaciones y locuras: ahí están convenientemente ordenados los nombres y apellidos de cuanto mucho o poco se sale de la normalidad. Es algo así como el código penal del alma, aunque solo especifica los delitos, pero no las penas que hay que sufrir para purgarlo”
No hace mucho, la enfermedad mental era vista como posesiones diabólicas, apenas hace un par de siglos, a los enfermos mentales se les encerraba como animales, y aunque la psiquiatría y la psicología han evolucionado, seguimos viendo al ¨loco” como una persona que debe ser escondida para que no perturbe nuestra tranquilidad. En varias ocasiones en mi práctica clínica he recibido a pacientes con cuadros de esquizofrenia cuyos padres habían intentado primero la cura por el exorcismo llevado a cabo por algún ministro religioso, cómplice por ignorancia de la naturaleza de este tipo de padecimientos.
Es cierto, el DSM es un código penal del alma como dice Savater, pero también es cierto que es necesario para una práctica clínica responsable. Es un manual que debe darnos una idea del problema, pero el tratamiento requiere otro tipo de estrategias que van más allá de la ciencia médica, y que en ocasiones requieren el apoyo de las disciplinas del alma, como la filosofía, la literatura, la pintura, la danza, la música, el cine; la estética aplicada a la existencia humana, entendiendo a ésta como la ciencia de lo sensible y no solo como un concepto asociado a la belleza. Los medicamentos son sustancias que actúan sobre nuestro cuerpo, pero no nos enseñan absolutamente nada. La relación con el otro y con el entorno es lo que construye o destruye, lo que sana o enferma al alma, por eso muchos de los grandes terapeutas de la historia han hecho énfasis en que más allá del método empleado en la terapia, lo que sana es la relación.
En una de las maravillosas tardes de verano cachanilla, mis amigos y yo jugábamos fútbol en la calle, con dos porterías improvisadas con piedras, cuya distancia entre una y otra era medida por los pasos de Reynaldo, el oficial encargado de que el partido se llevara a cabo en condiciones de equidad y justicia entre ambos equipos, éramos seis contra seis, y más o menos tratábamos de que la contienda fuera pareja, organizándonos para que cada uno de ellos tuviera más o menos jugadores con las mismas características de edad, estatura, fuerza y habilidad. A mí me acomodaban al final por ser el más chico de todos, tenía apenas ocho años, y los grandes tenían diez.
En una ocasión me tocaba jugar de portero, era un partido muy trabado, con pocas ocasiones de gol; y de repente uno de los jugadores contrarios llegó con velocidad a la portería que yo cuidaba como mi propia vida, sacó un potente disparo que pasó rozando mi cabeza y no pude ni siquiera meter las manos; el esférico entró por el arco imaginario y ahora tenía que correr a recuperarlo, no había una red que lo detuviera. Avergonzado y triste por haber recibido un gol, me dirigí a buscar la pelota que por la velocidad y potencia se había alejado demasiado.
Vi a lo lejos la silueta de un hombre que caminaba lento, cansado, muy delgado, demacrado, un tanto desnutrido, parecía que venía de algún lugar remoto, de otro pueblo, de otro mundo tal vez; tomó la pelota en sus manos y siguió caminando hasta que nos encontramos. Con una amplia sonrisa que mostraba su dentadura amarilla y chimuela y me la regresó, me preguntó que si conocía la canción de “El Rosal”; – no señor, no la conozco, le respondí temeroso; – ¿tus amigos la conocen? insistió – no lo sé, pregúntele usted a ellos – respondí asustado. Caminamos juntos hasta encontrarnos con los demás que, sorprendidos y confundidos me miraban llegar acompañado de un loco vagabundo que tal vez se había escapado de algún manicomio. Sin embargo, la sonrisa de aquel hombre, la mirada profunda y cariñosa, conquistó los corazones de aquellos pequeños que jugábamos en la calle. Volvió a preguntar, ahora en plural: – ¿conocen la canción de El Rosal?, al unísono y como coro escolar respondimos: ¡Noooooo!. Aquel buen hombre nos pidió que nos sentáramos en círculo en el patio de una de las casas, mientras él colocado al centro, nos relataba historias fantásticas, de aventuras en el campo, de animales que hablaban y nos enseñaban reglas de convivencia, de los juegos que jugaba cuando era niño, y de aquella familia que perdió sin que nos explicara como. Ahí, justo en ese momento fue cuando nos invitó a que cantáramos todos con él la canción de El Rosal, simplemente nos dijo que lo siguiéramos y comenzó a cantar a todo pulmón: El Rosal es una canción… es una canción muy bonita… El Rosal… es una canción … es una canción muy hermosa…. y así seguía la estrofa repitiéndose una y otra vez, en una espiral sin fin; el rostro de aquel hombre dibujaba expresiones de alegría y nostalgia; las lágrimas que brotaban de sus ojos eran la más honda expresión de dolor y añoranza por una vida que se fue, sus brazos se movían con cadencia dirigiendo con entusiasmo a ese coro infantil que lo acompañaba en una experiencia sublime, aquel hombre tocó los corazones de los niños que cantábamos al unísono con él la canción de El Rosal. Después agradeció a cada uno dándonos la mano y regalándonos algunas palabras que tocaron nuestros corazones, luego siguió su camino por la calle mientras lo veíamos alejarse, hasta que lo perdimos de vista.
He descubierto que esa fue mi primera lección de psicopatología, podría teorizar y llegar a una conclusión diagnóstica de los trastornos que sufría aquel hombre, pero nada de eso se compara con la experiencia de haber cantado El Rosal, ningún manual estadístico me sirve para poder comprender el dolor de aquel quijote que vagaba por el mundo, tratando de aliviar una herida que solo él conocía. Creo que todos los ahí presentes le regalamos una experiencia terapéutica maravillosa, pero creo también que el regalo más grande lo obtuvimos nosotros.
Todos los que estuvimos aquélla tarde de verano cachanilla con el hombre que cantaba El Rosal lo recordamos con mucho cariño, pero solo yo que me dedico a la psicología clínica, recuerdo con lágrimas en los ojos a aquel místico que cantaba El Rosal, de vez en cuando en alguna sesión de terapia, escucho en mi interior las voces de aquel ser misterioso y de aquellos niños cantando El Rosal; solo me resta decir: gracias, maestro, gracias, gracias, gracias.
Relato de un sueño cumplido
Las noches de invierno son increíblemente silenciosas. Contrario a las noches de verano que se alegran con los cantos de los grillos y los gritos de los chamacos que aún juegan en las calles, el invierno es muy diferente, no solo por la obviedad del clima, el negro del cielo es más negro, la gente se esconde en sus casas, los autos duermen en las calles bañados por la bruma, el aire es más pesado y las aves se encuentran de viaje por otras latitudes.
Hay sueños difíciles de cumplir, pero por más lejano que parezca el objetivo, estoy convencido de que siempre tendremos alguna manera de alcanzarlo. En mi infancia al igual que todos los niños, yo tuve mis sueños, deseaba con toda mi alma convertirme en astronauta, flotar en el espacio rodeado de estrellas, perderme en la obscuridad infinita, sabiendo que regresaría sano y salvo a casa. Sin embargo, nadie pareció tomarme en serio, fue realmente frustrante que no hubiera un mínimo interés cuando relataba mi intención de convertirme en un viajero espacial, sobre todo por parte de los adultos, mis padres, mis tíos o mis abuelos que ni siquiera se molestaban en decirme algo cuando pedía su opinión, esperaba tan solo algunas palabras de aliento, o tal vez un sabio consejo, nada de nada, simplemente fui ignorado, y a veces el desdén duele más que la negativa.
Una gélida y negra noche de enero subí al techo de mi casa, vestía un improvisado disfraz de astronauta, un par de chamarras sobrepuestas y dos pantalones (uno encima de otro), unas botas para la nieve, un pasamontañas, unos guantes de jardinería y un casco de motociclista que usó mi padre en los años sesenta, me tendí boca arriba a contemplar el obscuro cielo estrellado, y después de unos minutos de permanecer estático observando el firmamento, el tiempo se detuvo, sentía que mi cuerpo se fundía con el cielo negro y estrellado, tuve una sensación similar a la que tal vez experimenta un astronauta, flotaba en el frio espacio sideral, solo y en silencio, disfrutando de una extraña paz; gozando de esa hermosa multitud de estrellas que me parecían cada vez más cercanas, pude vivir un delicioso y profundo trance hipnótico, podía sentir como esos diminutos cuerpos celestiales acariciaban mi rostro, casi las podía tomar y jugar con ellas en mis manos, tomar acaso algunas para decorar mi habitación, o para regalarlas a mi madre el diez de mayo. Perdí la noción del tiempo, y nadie me fue a buscar.
Al terminar el viaje, bajé satisfecho por la escalera, con la expresión alegre de aquel explorador que regresa a casa después de haber conquistado nuevos mundos. Pasé por enfrente de los adultos que cenaban paella y vino mientras celebraban algo, apenas y advirtieron mi presencia y alguno que otro se sorprendió al ver mi rostro sonriente derrochando felicidad, pero de inmediato volvieron a lo suyo. Me dirigí a mi recámara a dormir, a soñar, a disfrutar un triunfo que había conseguido a la edad de diez años.
Hay sueños difíciles de cumplir, sin embargo, yo logré el mío aun siendo un párvulo, aun antes de saber siquiera conducir un auto, este es el relato de un sueño cumplido, fue una experiencia maravillosa, a pesar de la incertidumbre, de los obstáculos propios y ajenos, de la falta de presupuesto y sobre todo de la indiferencia de los demás. He tenido la dicha de repetir el viaje en varias ocasiones, todavía lo hago, de vez en cuando realizo alguna que otra caminata espacial.
Las noches de invierno son increíblemente obscuras, tanto lo son que solo así es posible ver el cielo lleno de estrellas. Las noches de invierno son increíblemente silenciosas, tanto lo son que en ellas encuentro la paz necesaria para construir y alcanzar mis sueños.