
Jorge Castañeda Bustamante
Una de mis principales preocupaciones cuando de pequeño viajaba con mis padres a la Ciudad de México, era que mis hábitos alimenticios se veían afectados; eran los años setenta, mi ciudad natal Mexicali muy pequeña aún, no conocía las grandes cadenas nacionales de supermercados, así que nuestras opciones eran muy limitadas.
Uno de los manjares que todo niño de aquella época disfrutaba (y los de hoy también) era la bolonia, un embutido hecho a base de carne de cerdo, con muy poco valor nutricional, pero capaz de despertar en nuestros paladares las más deliciosas de las sensaciones; un maná que solo era posible conseguir en los supermercados de Baja California. Cuando le pedía a mi abuela que comprara bolonia (ella conocía ya ese alimento), intentaba engañarme con mortadela, parecida físicamente pero el sabor no es el mismo. El sándwich de bolonia fue sin duda una de las cosas que más disfruté cuando era niño.
En el verano de 1984 caminaba por una de las calles de mi barrio, bajo un sol inclemente y el mercurio registrando cuarenta y ocho grados. Llevaba en mis manos una limonada y un sándwich de bolonia; me dirigía a jugar futbol con mis amigos en el parque. Seguramente era martes porque ese día pasa el camión de la basura y en todas las casas estaban los botes en la banqueta, ordenados y formados como centinelas, uniformados en colores plateado los de metal, y verde olivo los de plástico; en una de ellas había junto al bote de la basura una caja de cartón, y yo necesitaba una para un trabajo escolar; me detuve a revisar el contenido y me sorprendí al ver que estaba llena de libros, –¿libros en la basura? pensé, no lo podía creer.
Me senté a revisar cada uno de los ejemplares en la orilla de la banqueta; había muchos libros de texto que ya habían sido utilizados y estaban rayados, otros eran recetarios de cocina internacional que, de haberlos llevado a mi madre, tal vez hubiera experimentado con nosotros y no estaba yo dispuesto a ello. Tomé algunos diccionarios y un manual de aviación en inglés, pero el tesoro más preciado que encontré en esa caja de cartón fue un libro publicado por Reader´s Digest en 1977, cuyo título en el lomo decía con letras doradas: La fuerza de las palabras.
Sucumbí ante el aroma seductor de sus hojas, la textura de su empastado en percalina y la elegancia de sus colores guinda y sepia. Lo abrí, así nomás, sin algo específico que buscar, y en la página 244 había una sección titulada los nombres convertidos en palabras; al final de la sección (que fue lo primero que leí) se contaba la historia de la palabra sándwich, que tiene su origen en un noble inglés, John Montagu Conde de Sándwich, que con una mano comía sus dos panes con un trozo de carne en medio y con la otra hacia cualquier otra cosa; así estaba yo aquella tarde calurosa, sosteniendo en la mano izquierda mi sándwich de bolonia y con la derecha seleccionando los libros que me llevaría. No llegué al partido de fútbol, me regresé a casa y en mi cuarto acomodé en mi pequeño librero los libros que por alguna razón que aún no logro entender alguien tiró a la basura.
En aquella época tenía otros intereses, mi vida como músico rockero iniciaba, y el libro de la fuerza de las palabras me observaba desde la repisa en mi recámara, sabio y paciente me esperaba por semanas cuando me cansaba de tocar la guitarra. De vez en cuando abría sus páginas para enterarme de alguna que otra curiosidad lingüística, que luego me gustaba presumir con mis amigos que me veían con expresión de antipatía; se dice suelde no solde, corregía yo cuando alguien se refería al verbo soldar, hay que buscar quien suelde las láminas, es la expresión correcta.
El gusto por las palabras lo heredé de mi madre, y aunque ella es una gran escritora, es también un policía gramatical. Con el paso del tiempo, comencé a comprender la verdadera fuerza de las palabras. Las reglas gramaticales son muy importantes, pero las palabras son el alimento del alma, con palabras podemos acariciar, sanar, construir, transformar, evolucionar, educar, crear, analizar, comprender, pensar, imaginar, y la lista de verbos puede crecer. La carencia de palabras es casi siempre sinónimo de un alma desnutrida, frágil, vulnerable, débil, opaca. En las palabras también existe un lado obscuro; su mal uso tiene el poder de destruir, herir, romper, debilitar, fracturar, dividir. La palabra es la unidad mínima del pensamiento, y es vehículo con el cual expresamos nuestros sentimientos, aspiraciones, propósitos, objetivos, ideas.
El lenguaje es la casa del ser escribiría Martin Heidegger; los límites de mi lenguaje son los límites de mi mente diría Ludwig Wittgenstein; el lenguaje es el vestido de los pensamientos afirmó Samuel Johnson; la lengua no es la envoltura del pensamiento sino el pensamiento mismo sentenció Miguel de Unamuno.
En el oficio terapéutico el lenguaje es una de las principales herramientas de aquel que busca acompañar al otro en los laberintos de la experiencia humana. Desde que Freud se refirió a la terapia psicoanalítica como la cura por la palabra, hasta los cientos de enfoques terapéuticos desarrollados con posterioridad, el uso correcto y estratégico de las palabras es fundamental para sanar y construir un alma; nacieron para ser usadas y mueren al ser olvidadas., se transforman y evolucionan, las palabras no tienen dueño, son patrimonio de la humanidad y están ahí, esperando a que te apropies de ellas; las palabras nutren, las palabras sanan.
Nuestra historia personal está construida con múltiples experiencias, nuestros recuerdos son solo pedazos de lo vivido, nuestra personalidad se construye con alegrías, miedos, tristezas y decepciones. La imaginación es el mago que mezcla las palabras con los sentimientos y crea nuevas posibilidades, es el médico que con la palabra y el corazón es capaz de sanar el alma más rota y descosida, es ese niño capaz de encontrar en la basura un tesoro invaluable, una caja de cartón para construir una nave, una lata para fabricar un balero, o tal vez una poderosa herramienta para construir una vida. Nunca entenderé porque alguien pudo haber desechado algo tan preciado como ese libro fantástico, así a veces nosotros somos ese libro, que es rescatado y convertido en fuente de vida. A esa persona que tiró a la basura La Fuerza de las Palabras solo puedo decirle una cosa: ¡Gracias!























